El sector del taxi está pasando unos tiempos especialmente convulsos por la llegada de Uber, eso ya lo sabemos todos. Aparece un nuevo actor en un sector muy regulado que funciona bajo un esquema que cada vez se adapta menos a la realidad: una licencia de taxi para un autónomo que es el conductor del vehículo. Para empezar existen unas barreras de entrada enormes, porque existe un número limitado de licencias a las que se puede acceder. Es la Administración la que saca inicialmente las licencias. Una vez hecho esto aparecen una serie de traspasos y se genera un mercado que hace que los precios se disparen según la demanda. Yo mismo he escuchado conversaciones entre taxistas en Madrid donde se venden licencias a más de 100.000€. Esto implica ya un lastre importante para un negocio en el que la demanda y la oferta cada vez se ajusta menos en el marco de unos precios regulados. Algunos taxistas te cuentan cómo el objetivo de otros compañeros es lograr que el coche esté circulando el máximo tiempo posible y para ello recurren a conductores con los que comparten las carreras y otros consiguen acumular varias licencias y se convierten en lo que ellos mismos denominan “floteros”. No sé si todo esto es cierto, pero si es así refleja que el sistema tiene tensiones internas para poder adaptarse a los tiempos actuales.

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Y ante este panorama de pronto aparece una empresa llamada Uber que, a través de una aplicación, permite que cualquiera con un coche que cumpla una serie de características, pueda cobrar por llevar a alguien de un punto A a un punto B. Al mismo tiempo tiene un sistema de fijación de precios que nada tiene que ver con el que obligan a cumplir a los taxis. El precio varía según la demanda de servicios o el número de coches que hay en la calle. Si ven que hay pocos coches Uber es más caro utilizar el servicio ya que hay menos oferta pero, al mismo tiempo, pretenden incentivar a más conductores a que salgan a la calle a llevar pasajeros. Si es una hora con poca demanda bajan los precios para promover que los usuarios utilicen el servicio.

Y a todo esto le añades una aplicación que funciona a la perfección, indicándote los coches disponibles, lo que va a tardar en llegar, por donde viene el coche y lo que te va a costar el trayecto (se acaba la picaresca que se daba en algunos casos).

Además le añades que es un servicio mundial, es decir, que vayas a donde vayas sacas tu aplicación y puedes conseguir un coche que te lleve a tu destino sin necesidad siquiera de intentar explicarle al conductor en la lengua local a dónde tienes que ir. Porque cuando subes al coche el conductor ya sabe a dónde quieres ir.

Dicho esto también resulta extraño que un particular cualquiera pueda estar prestando un servicio sin ningún tipo de control por parte de la Administración. ¿Qué seguros debe llevar un coche con Uber? ¿Cuál es su régimen de impuestos? ¿Tiene que ser un autónomo? En algunos países como Bélgica hay unas licencias especiales para este tipo de taxis. En otros simplemente están prohibidos.

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En definitiva entiendo que es una faena para el taxista que haya pagado 100.000€ por una licencia, aunque tampoco sé cuál es la razón por la que disponer de una licencia de taxi tenga que costar tantísimo dinero. Los sistemas de tarifas actuales son muy rígidos y no fomentan el que el taxi se use con más frecuencia. La idea de bajar los precios en horas de poca demanda podría ser una solución. Además incorporar algunos otros elementos higiénicos como el saber de antemano lo que te va a costar, cuánto va a tardar el taxi, por dónde va el taxi o poder valorar al conductor son temas interesantes. Son temas que la tecnología permite. Ya ha habido alguna reacción en el sector con aplicaciones como MyTaxi que son muy parecidas a Uber en cuanto a funcionalidad. Aun así te encuentras con personas claramente reacias a cualquier cambio en el sector.